The Japan Times - Pakistán bombardea Kabul

EUR -
AED 4.31455
AFN 75.17582
ALL 95.497748
AMD 434.609215
ANG 2.102431
AOA 1078.299107
ARS 1629.799413
AUD 1.621782
AWG 2.115782
AZN 1.997833
BAM 1.949267
BBD 2.366459
BDT 144.435342
BGN 1.959384
BHD 0.443243
BIF 3494.490103
BMD 1.174619
BND 1.487509
BOB 8.118757
BRL 5.802377
BSD 1.174957
BTN 111.168968
BWP 15.722243
BYN 3.318066
BYR 23022.523033
BZD 2.363071
CAD 1.601181
CDF 2720.416217
CHF 0.914334
CLF 0.026757
CLP 1053.08021
CNY 8.00062
CNH 8.003075
COP 4377.638785
CRC 536.101092
CUC 1.174619
CUP 31.127391
CVE 110.355846
CZK 24.315545
DJF 208.753027
DKK 7.472242
DOP 69.948993
DZD 155.426683
EGP 61.927887
ERN 17.619278
ETB 184.530583
FJD 2.565308
FKP 0.86525
GBP 0.864046
GEL 3.147258
GGP 0.86525
GHS 13.214287
GIP 0.86525
GMD 86.334925
GNF 10313.150391
GTQ 8.968904
GYD 245.775292
HKD 9.203725
HNL 31.279893
HRK 7.533412
HTG 153.749219
HUF 358.757838
IDR 20341.69118
ILS 3.410628
IMP 0.86525
INR 111.038683
IQD 1538.750264
IRR 1542274.119942
ISK 143.785121
JEP 0.86525
JMD 185.131149
JOD 0.832823
JPY 183.603453
KES 151.737226
KGS 102.685737
KHR 4714.328613
KMF 492.164793
KPW 1057.160776
KRW 1697.429557
KWD 0.361712
KYD 0.979115
KZT 544.084304
LAK 25806.369524
LBP 104988.695268
LKR 376.137855
LRD 215.630544
LSL 19.422288
LTL 3.468343
LVL 0.710515
LYD 7.447119
MAD 10.804726
MDL 20.197227
MGA 4886.413132
MKD 61.626822
MMK 2466.169432
MNT 4204.722635
MOP 9.48288
MRU 46.860325
MUR 54.960077
MVR 18.153718
MWK 2046.185399
MXN 20.262636
MYR 4.610383
MZN 75.069563
NAD 19.422339
NGN 1600.253173
NIO 43.13183
NOK 10.911504
NPR 177.87015
NZD 1.969841
OMR 0.451696
PAB 1.174957
PEN 4.067112
PGK 5.095789
PHP 71.404705
PKR 327.454346
PLN 4.232021
PYG 7190.901262
QAR 4.280334
RON 5.265784
RSD 117.377293
RUB 87.795473
RWF 1714.943042
SAR 4.399208
SBD 9.419773
SCR 16.367148
SDG 705.356436
SEK 10.854181
SGD 1.4893
SHP 0.876971
SLE 28.954576
SLL 24631.158596
SOS 671.301108
SRD 43.943644
STD 24312.231862
STN 24.901913
SVC 10.280503
SYP 130.621923
SZL 19.428198
THB 37.834281
TJS 10.979956
TMT 4.117038
TND 3.374091
TOP 2.8282
TRY 53.113783
TTD 7.962282
TWD 36.868914
TZS 3044.826098
UAH 51.515534
UGX 4418.174644
USD 1.174619
UYU 47.21178
UZS 14183.51893
VES 579.670053
VND 30921.832595
VUV 138.899141
WST 3.197999
XAF 653.763272
XAG 0.015185
XAU 0.00025
XCD 3.174466
XCG 2.117594
XDR 0.818038
XOF 654.851416
XPF 119.331742
YER 280.293319
ZAR 19.256347
ZMK 10572.975752
ZMW 22.236385
ZWL 378.226685

Pakistán bombardea Kabul




El estruendo de explosiones antes del amanecer y el rumor de aeronaves sobre la capital afgana han marcado el momento más delicado entre Pakistán y el Gobierno talibán desde el retorno de estos últimos al poder en 2021. En apenas unos días, una secuencia de ataques y represalias ha llevado el pulso fronterizo —tradicionalmente concentrado en pasos montañosos y puestos avanzados— al corazón político y simbólico del emirato: Kabul. La pregunta que recorre cancillerías, mercados y comunidades fronterizas no es solo qué ha ocurrido, sino si la región se asoma a una guerra abierta que desborde el conflicto local y vuelva a encender, por otra vía, una mecha en Asia.

La madrugada que cambió el tablero
Los hechos centrales, en términos de impacto, son claros: Pakistán ejecutó ataques aéreos sobre la provincia de Kabul y también sobre áreas de Kandahar y Paktia. En la capital afgana se escucharon varias explosiones y no hubo, al principio, información precisa sobre los puntos exactos alcanzados ni sobre un balance definitivo de víctimas. Las autoridades talibanas confirmaron las incursiones, mientras que Islamabad presentó la operación como parte de una respuesta militar a lo que considera agresiones y amenazas transfronterizas.

Lo que distingue este episodio de otras crisis recientes es el salto geográfico y político: de la periferia al centro. Durante años, la fricción entre ambos países se expresó en intercambios de fuego a lo largo de una frontera extensa, porosa y disputada. En esta ocasión, el ruido de guerra llegó a la capital: un mensaje de fuerza que, en términos estratégicos, puede interpretarse como intento de disuasión… o como el inicio de un ciclo de represalias más ambicioso.

Cronología de una escalada en cuestión de días
El deterioro no nació de la nada. En el trasfondo se acumulan atentados, acusaciones cruzadas y una disputa histórica sobre el control de la frontera.

1) Ola de violencia interna en Pakistán y acusaciones hacia Afganistán.
Pakistán vincula el repunte de atentados y ataques contra fuerzas de seguridad —incluidos episodios graves con numerosas víctimas— a la actividad de grupos armados que, según su lectura, operan desde territorio afgano. La acusación central apunta a la presencia y libertad de maniobra del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), movimiento insurgente paquistaní ideológicamente afín a los talibanes afganos, aunque formalmente distinto.

2) Bombardeos paquistaníes en el este de Afganistán.
En el tramo anterior a la gran escalada, Pakistán llevó a cabo ataques aéreos sobre objetivos que definió como infraestructura militante en provincias orientales afganas. Kabul denunció esos bombardeos como violación de soberanía y sostuvo que causaron víctimas civiles, incluyendo mujeres y niños. Islamabad, por su parte, defendió que buscaba neutralizar campamentos y redes responsables de ataques en su territorio.

3) Respuesta afgana en la frontera: golpe a puestos paquistaníes.
La tensión subió otro escalón cuando Afganistán lanzó operaciones contra puestos militares paquistaníes a lo largo de la frontera, presentándolas como represalia. En su comunicado, Kabul atribuyó la operación a la necesidad de responder a “reincidencias” y ataques previos de Pakistán. Se habló de destrucción de posiciones, y de bajas significativas en ambos bandos.

4) Bombardeos sobre Kabul y otras zonas: “guerra abierta” en el discurso.
La réplica paquistaní llegó con ataques aéreos sobre Kabul, Kandahar y Paktia. La retórica oficial en Islamabad endureció el tono: desde mensajes de “respuesta adecuada” hasta la idea de que la paciencia se habría agotado. Kabul confirmó que había sido atacada y anunció que iniciaba operaciones de respuesta.

5) Domingo 1 de marzo: explosiones y fuego antiaéreo en la capital.
La escalada no se detuvo en el primer golpe. Este domingo, de nuevo antes del amanecer, se escucharon explosiones y ráfagas de disparos en Kabul. Las autoridades talibanas atribuyeron el estruendo a acciones de defensa antiaérea contra aeronaves paquistaníes sobre la capital. No se aclaró qué objetivos fueron atacados ni si hubo víctimas. Islamabad no ofreció de inmediato una versión detallada.

En resumen: lo que empezó como una discusión sobre “santuarios militantes” y control de pasos fronterizos se transformó, en pocos días, en un intercambio de ataques con alcance nacional.

Cifras en disputa: la guerra también se libra con números
En casi todas las escaladas contemporáneas, la primera víctima es la certeza. En este caso, los recuentos de bajas y daños presentados por ambas partes difieren de forma abismal.

Kabul habló de decenas de militares paquistaníes muertos en su operación fronteriza, e incluso de capturas. Islamabad rechazó esas afirmaciones, redujo su balance de pérdidas y negó la existencia de prisioneros. En sentido inverso, Pakistán afirmó haber causado un número elevado de bajas a combatientes talibanes y haber destruido múltiples posiciones; del lado afgano se respondió minimizando el impacto o subrayando la ausencia de víctimas en determinadas zonas atacadas.

Lo más relevante, más allá de la cifra exacta, es el patrón: ambos gobiernos están construyendo narrativas que justifican una escalada sostenida. Kabul necesita demostrar que no acepta golpes sin respuesta; Islamabad busca probar que puede imponer costos. En ese juego, la exageración, la propaganda y las lagunas de información se vuelven parte del conflicto.

La línea Durand: una frontera sin consenso, un conflicto con memoria larga
Para entender el riesgo de una “nueva guerra”, hay que mirar el mapa y la historia. Pakistán y Afganistán comparten una frontera de unos 2.600 kilómetros conocida como la Línea Durand, trazada en época colonial. Afganistán nunca la ha reconocido formalmente como frontera definitiva, y esa herida histórica alimenta una tensión estructural: no es solo una línea geográfica, sino un problema de legitimidad y control territorial.

Esa franja es además un corredor humano. Comunidades pastunes viven a ambos lados; la frontera es permeable por naturaleza; el contrabando, los flujos de refugiados y los pasos informales forman parte de la realidad cotidiana. Cuando la relación estatal se deteriora, la frontera deja de ser una cicatriz y se convierte en un frente.

Las crisis recientes han tenido consecuencias inmediatas: cierres de pasos, interrupción de comercio, presión sobre poblaciones locales y desplazamientos. Cada incidente militar empuja a ambos países a reforzar puestos y desplegar unidades en una geografía que favorece emboscadas, fuegos cruzados y malentendidos.

- El nudo de los grupos armados: TTP, insurgencias y acusaciones cruzadas

- El punto más explosivo es la acusación de “santuarios” al otro lado de la frontera.

- Pakistán acusa a Kabul de permitir que el TTP opere desde Afganistán y planifique ataques en su territorio.

- Kabul lo niega y a su vez acusa a Pakistán de amparar a enemigos del emirato, incluidos elementos vinculados al Estado Islámico (en su rama regional) o redes hostiles.

En una región con múltiples actores armados, esta guerra de acusaciones funciona como gasolina: cada atentado dentro de Pakistán se convierte en argumento para una operación transfronteriza; cada operación transfronteriza se convierte en argumento para la represalia afgana.

Aquí aparece una diferencia crucial respecto a conflictos interestatales clásicos: no solo se trata de dos capitales y dos ejércitos, sino de un ecosistema de grupos que puede beneficiarse del caos. Cuanto mayor sea la inestabilidad, más espacio tienen redes clandestinas para reclutar, moverse, financiarse y atacar.

Asimetría militar: por qué una guerra “clásica” sería distinta… y por qué igual da miedo
En términos de capacidades convencionales, Pakistán tiene una ventaja clara: dispone de una fuerza aérea moderna, una estructura militar mucho más grande y una doctrina orientada a conflictos de alta intensidad. Además, es una potencia nuclear, factor que normalmente actúa como disuasión frente a guerras prolongadas con estados comparables.

Afganistán, bajo los talibanes, carece de una fuerza aérea operativa equivalente. Puede disponer de aeronaves y helicópteros heredados del colapso del gobierno anterior, pero su capacidad de combate aéreo es muy limitada. Su verdadera fortaleza, históricamente, ha sido otra: guerra irregular, control territorial, redes locales, y la habilidad de desgastar a adversarios en terreno difícil.

De ahí surge el temor: una “guerra abierta” no tendría por qué parecer una guerra convencional con frentes definidos. Podría adoptar la forma de:
- ataques aéreos puntuales y repetidos,
- golpes a puestos fronterizos,
- sabotajes, emboscadas y hostigamiento constante,
- utilización de proxies o tolerancia a que grupos afines intensifiquen atentados. Es decir: una guerra de desgaste con alto costo para civiles, comercio y estabilidad política.

Impacto humanitario inmediato: evacuaciones, miedo y la frontera como trampa
Mientras los comunicados militares hablan de “objetivos”, la vida cotidiana se descompone. En la zona del paso de Torkham —uno de los principales puntos de cruce— se reportaron evacuaciones y ataques que alcanzaron áreas civiles cercanas, incluyendo un campamento o asentamiento de refugiados donde habría habido heridos y, según distintas versiones, víctimas mortales. En el lado paquistaní también se produjeron movimientos de población hacia áreas consideradas más seguras.

Además, la crisis golpea a una población ya exhausta: Afganistán vive una emergencia crónica por sanciones, restricciones, pobreza y desplazamientos internos; Pakistán atraviesa sus propias tensiones económicas y de seguridad, y mantiene desde 2023 una política de expulsión y presión sobre migrantes afganos que ha provocado retornos masivos. En ese contexto, cada cierre de frontera y cada intercambio de fuego agravan el sufrimiento de quienes dependen del paso para trabajar, comerciar o buscar protección.

La diplomacia, otra vez contra reloj
En las últimas 48 horas, la comunidad internacional ha multiplicado llamados a la contención. Organismos internacionales han pedido explícitamente la protección de civiles y el retorno a la vía diplomática. Potencias regionales con intereses en estabilidad —por motivos de seguridad, comercio o influencia— han intensificado contactos: conversaciones urgentes, llamadas a la calma y ofertas de mediación.

Hay un dato importante: ya existía un alto el fuego frágil, impulsado por mediadores, tras episodios de combate anteriores. Ese marco, sin embargo, se mostró insuficiente. Las negociaciones no lograron convertir la pausa en un acuerdo duradero, y la escalada actual explotó precisamente en la ausencia de un mecanismo sólido de verificación, desescalada y control de incidentes.

La diplomacia enfrenta dos obstáculos:
Desconfianza total. Pakistán dice tener pruebas de redes militantes; Kabul dice que son pretextos para violar su soberanía.

Costos políticos internos. En Islamabad, retroceder puede leerse como debilidad frente al terrorismo. En Kabul, ceder tras ataques a la capital puede erosionar autoridad ante su propia base.

- ¿Estalla una nueva guerra en Asia?

- La pregunta es legítima, pero la respuesta exige matices.

Sí hay indicadores de guerra:
ataques aéreos en capitales y ciudades clave, discursos oficiales que hablan de “guerra abierta”, operaciones fronterizas extendidas a varios puntos, evacuaciones civiles y riesgo de víctimas no combatientes, incapacidad visible para frenar la escalada en tiempo real.

Pero también hay límites estructurales que podrían contenerla:
Pakistán tiene incentivos fuertes para evitar un conflicto prolongado que desgaste recursos y agrave tensiones internas. Afganistán, sin apoyo internacional amplio y con economía frágil, difícilmente puede sostener una guerra convencional. La región está atravesada por intereses de terceros que buscan estabilidad: corredores comerciales, seguridad fronteriza, contención de grupos extremistas y control migratorio.

En otras palabras: lo que se perfila no es necesariamente una “guerra total” entre dos estados en sentido clásico, sino un conflicto abierto, altamente peligroso, con potencial de convertirse en una guerra de baja o media intensidad sostenida… y con riesgos de desbordamiento por accidente o por acción de terceros actores armados.

Tres escenarios posibles para las próximas semanas
1) Desescalada negociada (la salida menos costosa).
Requiere mediación activa, un canal militar directo y, sobre todo, un mecanismo verificable sobre acusaciones de presencia del TTP. Sería necesario pasar de la retórica a medidas: intercambio de información, acciones concretas y verificables contra redes armadas, y garantías de no repetición de ataques sobre centros urbanos.

2) Escalada contenida (el escenario más probable a corto plazo).
Continuación de ataques puntuales, presión militar sobre la frontera, golpes de castigo y respuestas simbólicas. En este escenario, Kabul refuerza defensa antiaérea y hostiga puestos; Islamabad mantiene capacidad de golpear objetivos en profundidad. El riesgo principal: una mala lectura, un ataque con víctimas civiles masivas o la caída de una aeronave con consecuencias políticas.

3) Guerra de desgaste con proxies (el escenario más peligroso).
Aumento de atentados dentro de Pakistán y ataques a puestos fronterizos de forma sostenida, con una respuesta paquistaní cada vez más amplia. Aquí, grupos armados se convierten en aceleradores del conflicto. Cuanta más inestabilidad, más difícil es volver a “cero”.

Las señales que decidirán si esto se convierte en guerra
Hay varios indicadores que, si aparecen, marcarían que se cruza un umbral:
anuncios formales de operaciones militares prolongadas, expansión de ataques a más ciudades o infraestructura crítica (energía, comunicaciones), cierres fronterizos prolongados y movilización militar visible, aumento sostenido de víctimas civiles, ruptura total de canales diplomáticos y expulsión de personal consular o técnico.

Por ahora, el dato central es que la capital afgana ha sido alcanzada —y ha vuelto a escuchar fuego antiaéreo— en una escalada que ya dura varios días. Eso, por sí solo, modifica la ecuación: el conflicto ya no es solo una disputa fronteriza; es una crisis regional en pleno desarrollo.

Epílogo provisional
La historia reciente de la región enseña que las guerras no siempre se declaran; a veces se deslizan. Y, en ocasiones, lo que empieza como “operación limitada” se transforma en una rutina de represalias. Kabul, Islamabad y los mediadores internacionales tienen una ventana estrecha para evitar que el lenguaje de “guerra abierta” deje de ser una metáfora y se convierta en un hecho sostenido.