The Japan Times - La venganza Iraní cambia

EUR -
AED 4.130076
AFN 71.973487
ALL 90.986728
AMD 402.669704
ANG 2.012782
AOA 1032.377077
ARS 1743.876811
AUD 1.606047
AWG 2.027081
AZN 1.910457
BAM 1.956834
BBD 2.25319
BDT 139.283563
BGN 1.9656
BHD 0.422272
BIF 3359.130633
BMD 1.124594
BND 1.43291
BOB 13.506692
BRL 6.172561
BSD 1.118552
BTN 106.03969
BWP 15.473246
BYN 3.324042
BYR 22042.041568
BZD 2.249708
CAD 1.569275
CDF 2600.62325
CHF 0.917883
CLF 0.02806
CLP 1104.351235
CNY 7.513298
CNH 7.502723
COP 3651.005529
CRC 507.607159
CUC 1.124594
CUP 26.845837
CVE 110.311491
CZK 24.325528
DJF 199.190406
DKK 7.473675
DOP 67.40751
DZD 152.401307
EGP 61.746614
ERN 16.868909
ETB 183.589725
FJD 2.523813
FKP 0.838124
GBP 0.833982
GEL 2.915118
GGP 0.838124
GHS 13.037495
GIP 0.838124
GMD 83.220103
GNF 9908.131707
GTQ 8.551604
GYD 234.478821
HKD 8.823451
HNL 30.06427
HRK 7.612388
HTG 146.637447
HUF 363.680753
IDR 20419.814784
ILS 3.556815
IMP 0.838124
INR 106.503602
IQD 1695.784526
IRR 2118069.818798
ISK 136.210494
JEP 0.838124
JMD 177.423986
JOD 0.797299
JPY 178.022113
KES 146.129433
KGS 98.345627
KHR 4568.945886
KMF 495.946495
KPW 1012.134518
KRW 1507.371581
KWD 0.349457
KYD 0.932176
KZT 506.307408
LAK 25192.169159
LBP 100699.762453
LKR 372.160228
LRD 190.164372
LSL 18.645026
LTL 3.320633
LVL 0.680256
LYD 7.177897
MAD 10.993033
MDL 20.235168
MGA 5078.049823
MKD 61.58424
MMK 2361.108439
MNT 4046.387111
MOP 9.039649
MRU 45.404328
MUR 52.957163
MVR 17.380583
MWK 1939.582939
MXN 20.924128
MYR 4.573834
MZN 71.872903
NAD 18.645026
NGN 1511.409352
NIO 41.167533
NOK 10.368408
NPR 169.66124
NZD 1.999585
OMR 0.432418
PAB 1.118772
PEN 3.876834
PGK 5.018651
PHP 71.55677
PKR 309.426204
PLN 4.403938
PYG 6682.529397
QAR 4.077719
RON 5.342961
RSD 117.64716
RUB 92.132323
RWF 1654.367808
SAR 4.231779
SBD 9.054913
SCR 15.497297
SDG 676.44103
SEK 10.95025
SGD 1.437473
SHP 0.838436
SLE 25.76428
SLL 23582.177939
SOS 639.266575
SRD 42.219539
STD 23276.824375
STN 24.512947
SVC 9.787951
SYP 14621.970282
SZL 18.627519
THB 37.842027
TJS 10.280161
TMT 3.947325
TND 3.342409
TOP 2.707752
TRY 56.254892
TTD 7.583061
TWD 36.977746
TZS 2976.684325
UAH 51.070115
UGX 4725.991758
USD 1.124594
UYU 44.969952
UZS 13339.621953
VES 1000.929783
VND 28918.371321
VUV 134.357858
WST 3.125594
XAF 655.957
XAG 0.021686
XAU 0.000278382068
XCD 3.039272
XCG 2.015914
XDR 0.795146
XOF 655.957
XPF 119.331742
YER 265.600969
ZAR 18.53188
ZMK 10122.693536
ZMW 22.66815
ZWL 362.118795
SSP 6461.877339
MXV 2.355251

La venganza Iraní cambia




La secuencia de ataques y contraataques que se ha desatado en torno a Irán en los últimos días ha roto varios tabúes a la vez: golpes directos sobre territorio iraní atribuidos a una coalición de Estados, respuestas con misiles y drones más allá de un único frente y, sobre todo, un pulso que ya no se mide solo en la potencia de fuego inmediata, sino en la capacidad de aguantar, presionar y desestabilizar sin cruzar el umbral que desencadene una guerra total.

A primera vista, el patrón parece claro: Irán multiplica sus ataques y amplía el área de impacto, mientras promete “venganza” ante lo que califica como una agresión existencial. Sin embargo, bajo esa superficie hay una segunda lectura que está cobrando fuerza entre diplomáticos, militares retirados y analistas regionales: la revancha iraní puede estar cambiando de forma. No necesariamente menos peligrosa, pero sí distinta: menos concentrada en un gran golpe único y más orientada a una combinación de castigo selectivo, presión económica y guerra híbrida.

El golpe inicial y el efecto dominó regional
La escalada actual se aceleró a partir del sábado 28 de febrero de 2026, cuando se reportaron ataques coordinados contra objetivos en Irán en una operación atribuida a Estados Unidos e Israel. La magnitud exacta de los daños sigue siendo objeto de versiones contrapuestas, pero el impacto político ha sido inmediato: desde ese momento se encadenaron reuniones de emergencia en foros internacionales, alertas de seguridad en múltiples capitales y un aumento drástico del riesgo en el corredor energético del Golfo.

En ese contexto, Irán activó una respuesta en varias capas:
1. Respuesta militar directa, con lanzamientos de misiles y drones hacia objetivos asociados a Israel y hacia instalaciones estadounidenses en países de la región.

2. Presión indirecta, buscando elevar el coste político y económico para los socios regionales de Washington.

3. Señalización estratégica, calibrando la intensidad para no provocar —al menos por ahora— una dinámica de destrucción recíproca de infraestructuras críticas.

La clave es que la escalada no se está desarrollando en un vacío. Los países del Golfo albergan bases, centros logísticos, radares y elementos de defensa antiaérea vinculados a Estados Unidos. Esa arquitectura, pensada durante años para disuadir y contener, se ha convertido ahora en un tablero donde cualquier misil o dron puede tener un efecto multiplicador: un impacto no solo militar, sino también financiero, turístico y reputacional.

Misiles y drones: más ataques, pero no necesariamente “más guerra”
En las primeras horas tras el golpe inicial, las defensas antiaéreas de varios países se activaron en cadena. Hubo reportes de sirenas, interceptaciones y caídas de restos de proyectiles en zonas habitadas. Las autoridades de algunos Estados han insistido en que gran parte de los ataques fueron neutralizados, pero también han reconocido que el simple hecho de ser alcanzados —o de vivir bajo la amenaza— cambia la ecuación estratégica.

Aquí aparece el primer matiz decisivo: multiplicar ataques no siempre equivale a buscar una guerra total. Irán puede estar persiguiendo, de forma simultánea, tres objetivos que a veces se confunden:

- Demostrar que puede golpear en varios frentes (capacidad).

- Castigar a adversarios y a socios de adversarios (coste).

- Evitar el golpe que desencadene una campaña devastadora sobre su propio territorio (supervivencia)

Por eso, en lugar de un único ataque masivo con intención de colapsar al rival, lo que se observa es una secuencia de

El factor nuclear: Natanz, inspecciones y el límite del riesgo
La dimensión nuclear vuelve a situarse en el centro. En las últimas 72 horas, se han difundido imágenes satelitales que muestran daños relevantes en el complejo de Natanz, una de las instalaciones clave del programa de enriquecimiento iraní. Paralelamente, el organismo internacional responsable de la supervisión nuclear ha afirmado que, pese a los daños reportados, no se han detectado efectos radiológicos. Pero el problema va más allá del balance inmediato: el nivel real de afectación del programa y el volumen disponible de material enriquecido se han vuelto más difíciles de verificar ante las restricciones de acceso sobre el terreno.

Esta opacidad alimenta un círculo vicioso: cuanto menos verificable es la situación, más se impone la lógica militar de “asegurar” capacidades por la fuerza; y cuanto más se golpea, más probable es que Irán responda fuera del marco clásico de la disuasión.

En los márgenes de la crisis, además, flota un debate que no ha desaparecido: qué tipo de acuerdo sería aceptable para contener el programa nuclear, el stock de material ya enriquecido y el componente balístico. En las últimas semanas se han mencionado fórmulas de reducción del enriquecimiento y reactivación de inspecciones, pero la confianza entre las partes está en su punto más bajo y la guerra ha desplazado —al menos temporalmente— la diplomacia.

Un liderazgo en tensión y el problema de la sucesión
A la incertidumbre militar se suma un elemento explosivo: la cuestión del liderazgo. Han circulado versiones —incluidas afirmaciones públicas desde Washington— sobre un descabezamiento significativo de la cúpula iraní en el ataque inicial. En Teherán, la prioridad inmediata parece doble: asegurar la continuidad del mando y evitar que una crisis de sucesión se convierta en una grieta por la que se cuele un levantamiento interno.

En este tipo de escenarios, las instituciones formales cuentan, pero también pesan los centros de poder paralelos: la estructura de seguridad interior, los aparatos de inteligencia, las milicias de apoyo al régimen y, de forma decisiva, el entramado económico-militar asociado a la Guardia Revolucionaria. El resultado es un sistema que puede resistir mucho tiempo… siempre que no se rompan tres equilibrios a la vez: el control del territorio, el flujo de ingresos y la cohesión de las élites.

Por eso, la estrategia de “venganza” no se diseña solo para castigar al enemigo externo. También sirve para consolidar autoridad hacia dentro: mostrar capacidad de respuesta, reafirmar el discurso de resistencia y evitar que la población interprete el golpe externo como el inicio del fin.

Por qué la revancha “puede ser diferente”
La idea de una venganza distinta no significa renuncia, sino adaptación. La lógica que se impone es la del coste-beneficio. Un ataque devastador e indiscriminado podría satisfacer la narrativa de “respuesta histórica”, pero también podría:

- justificar una campaña aún más amplia sobre territorio iraní;

- poner en riesgo infraestructuras críticas de energía;

- empujar a países del Golfo a abandonar la contención y sumarse abiertamente a una coalición anti-iraní;

- y provocar un colapso económico interno que debilite al régimen

Así, la revancha “diferente” apunta a otros carriles:

1) Castigo selectivo a socios regionales clave.
Algunos Estados del Golfo que han estrechado lazos con Israel en los últimos años aparecen como objetivos de presión indirecta: no tanto por ser autores del ataque inicial, sino por el valor estratégico de su imagen de estabilidad. Un ataque que altere la percepción de seguridad en centros financieros y turísticos puede ser, en términos políticos, tan contundente como un daño militar.

2) Guerra híbrida y red de aliados.
Irán dispone de una larga experiencia en influir mediante actores asociados en varios escenarios. En un contexto de superioridad tecnológica del adversario, los instrumentos indirectos —milicias, sabotaje, operaciones encubiertas, ataques con drones de baja firma, campañas de desinformación y ciberataques— se vuelven más atractivos porque ofrecen negación plausible y diluyen el umbral de respuesta.

3) Terrorismo y violencia política transfronteriza: el riesgo mayor.
El escenario más temido por muchos servicios de seguridad no es un intercambio abierto de misiles, sino que el conflicto se deslice hacia acciones clandestinas contra intereses de los adversarios o de sus aliados. Es el tipo de escalada que no siempre se anuncia, no siempre se atribuye con claridad y que puede expandirse a terceros países con rapidez.

4) El frente económico: energía, seguros y rutas marítimas.
Cuando la guerra amenaza con convertirse en una guerra de infraestructuras, las armas no son solo misiles: son también cierres parciales, advertencias de navegación, encarecimiento de primas de seguros y presión sobre rutas que mueven una parte sustancial del petróleo y del gas licuado del planeta.

Ormuz: el estrecho que convierte la guerra en inflación global
Pocas palancas son tan sensibles como el Estrecho de Ormuz, paso obligado entre el Golfo y el océano para buena parte de las exportaciones energéticas. En los últimos días, se han reportado anuncios y movimientos orientados a restringir el tránsito o elevar el riesgo operativo en la zona, con el mensaje implícito de que si Irán se siente acorralado, el mundo podría pagar un precio inmediato en energía y transporte.

El poder disuasorio de Ormuz no depende de un cierre absoluto. Basta con una combinación de amenazas, incidentes puntuales y aumento del riesgo para alterar mercados: navieras que cambian rutas, aseguradoras que suspenden coberturas, gobiernos que liberan reservas y consumidores que sienten el golpe en el precio del combustible. Por eso, el estrecho se ha convertido en una “herramienta estratégica” tanto como un espacio marítimo.

Los países del Golfo: contención estratégica y miedo a la espiral
En la región se observa otro fenómeno: los países que reciben impactos o amenazas tienden, por ahora, a una contención estratégica. La razón es simple: responder directamente puede abrir una puerta que luego no se cierre. Muchas de sus infraestructuras —energía, agua, transporte, puertos, aeropuertos— están dentro del alcance de capacidades iraníes, incluso si estas no son perfectas.

En un escenario de represalias cruzadas, el coste puede ser descomunal para economías altamente conectadas y dependientes de la confianza internacional. De ahí que, mientras se refuerzan defensas, se multiplican llamadas diplomáticas con un objetivo casi unánime: que la escalada no se convierta en guerra regional abierta.

Washington: disuasión, presión máxima y avisos de seguridad
Estados Unidos, por su parte, ha combinado la narrativa de defensa preventiva con una escalada de presión política. En las últimas horas se han reforzado avisos de seguridad para ciudadanos estadounidenses en varios países de la región y se ha insistido en el riesgo de ataques adicionales. El mensaje, hacia dentro, busca mostrar firmeza; hacia fuera, pretende disuadir a Teherán de ampliar el conflicto.

Pero hay un punto de fricción difícil de resolver: cuanto más se plantea la meta como “neutralizar” capacidades militares estratégicas iraníes, más se eleva la tentación de Teherán de responder fuera del terreno convencional. En otras palabras: si Irán siente que no puede ganar en el aire y que su infraestructura es vulnerable, puede intentar que el coste se pague en otro lugar y con otras reglas.

Tres escenarios para las próximas semanas
Con el tablero tan cargado, el futuro inmediato se mueve entre tres escenarios (no excluyentes):

Escenario 1: escalada contenida (el más probable a corto plazo).
Más oleadas de misiles y drones, golpes puntuales, interceptaciones, presión marítima y diplomacia frenética para evitar el salto a ataques sistemáticos sobre infraestructura energética. Es un equilibrio inestable, pero posible.

Escenario 2: guerra de infraestructuras (el más peligroso para la economía global).
Ataques directos a terminales, refinerías, plantas de gas, puertos y nodos eléctricos. En este escenario, la “venganza” deja de ser simbólica y se convierte en un intercambio de daño económico. Sería la antesala de una crisis energética internacional.

Escenario 3: venganza híbrida (la más difícil de gestionar).
Acciones encubiertas, atentados, ciberataques y desestabilización a través de aliados regionales. Aquí, la guerra se difumina: no siempre hay firma, no siempre hay respuesta proporcional, y el conflicto puede extenderse a países que no estaban en el foco.

La paradoja iraní: golpear más para negociar, no para inmolarse
La paradoja que define esta crisis es que Irán puede estar multiplicando ataques para ganar margen de negociación, no para inmolarse en una guerra total. Golpear demuestra capacidad y preserva la narrativa interna, pero calibrar la intensidad protege al país de un castigo irreparable sobre su infraestructura crítica.

Eso no reduce el peligro: al contrario. Una represalia “diferente” —más híbrida, más económica, más difusa— puede ser más imprevisible y más difícil de contener. La región se encuentra, de hecho, en un punto donde un solo incidente mal interpretado puede desencadenar un salto de fase.

Por ahora, la pregunta que domina pasillos diplomáticos y salas de operaciones no es si habrá venganza, sino qué forma adoptará: el misil visible que se puede interceptar, o la presión silenciosa que se cobra con el tiempo.